La política energética, en España

No existe. Brilla por su ausencia, ni sabemos de dónde venimos ni sabemos a dónde vamos.  A unos les gustaría que todo siguiera igual. Otros pensamos que casi no hay tiempo para cambiar el sistema energético. En cualquier caso, el cambio ya se está produciendo.

En el pasado reciente ningún Presidente del Gobierno se ha ocupado de este asunto más que para apagar fuegos coyunturales (crisis del 73), la mayor parte de las veces tarde y mal. Y ahí tenemos el resultado: un sistema energético fuertemente dependiente (90%) del exterior, alto riesgo en el suministro de materias primas, fuerte influencia de los precios en nuestra economía, incumplimiento de nuestros compromisos internacionales en relación con el cambio climático, etc.

Tengo que decir que el Presidente del Gobierno actual si ha intentado saber algo sobre el sistema energético y su posible evolución. Al menos en tres ocasiones –que yo sepa-; creo que más y, -también que yo sepa- no lo ha conseguido. Lo explicaré brevemente, porque he intervenido –es un decir- en todas ellas (en realidad solo estuve allí y no me hicieron mucho caso).

La primera fue a requerimiento del Congreso de los Diputados con motivo de una llamada “Mesa de diálogo sobre la evolución de la energía nuclear en España” (1). En ese debate (www.mityc.es) intervinieron muchas personas e instituciones y después de muchas  reuniones en el Ministerio presididos por el entonces Secretario General de la Energía no se llegó a ninguna conclusión clara. Como siempre ocurre en estos casos (ya voy siendo un experto) el que lo dirige impone su metodología y nunca se entra en el fondo del asunto.  La segunda ocasión, fue la llamada “Prospectiva energética 2030” con un grupo asesor del que también formé parte. Nadie sabe cuál fue el resultado de aquellas reuniones (de cuatro horas, un día al mes durante al menos dos años). Yo me quedé más frustrado aún, porque el objetivo era el correcto; valorar las opciones de futuro de nuestro sistema energético. La tercera ocasión se apoyó en la Fundación IDEAS de su partido.

Con un atrevimiento rayano en la osadía, me voy a permitir esbozar las líneas por donde debiera ir la evolución futura del sistema energético. Conceptualmente, claro.

Los españoles vivimos muy bien gracias a la disponibilidad de energía en cantidad y calidad adecuadas para disponer  de los bienes y servicios de los que disfrutamos. Necesitamos luz (artificial o natural), frío y calor (artificial o natural), desplazamientos (a pié, en bicicleta, en moto, en coche, en tren, en avión, etc.), sonido (de viva voz, por teléfono, con un equipo de música, etc.) y toda una serie de formas energéticas que son a las que considero realmente “energías finales”.

Muchos de estos bienes los obtenemos en parte empleando electricidad o combustibles (“energías intermedias”); muchas veces, de manera innecesaria porque podíamos beneficiarnos de la energía directa que nos provee la naturaleza, por ejemplo, utilizando la luz natural. En cualquier caso, la obtención de electricidad y de combustibles se ha hecho imprescindible y en eso se centran todos los esfuerzos de los dirigentes y de los gestores del sistema.

Para obtenerlas  se emplean grandes instalaciones; básicamente centrales eléctricas, refinerías de petróleo y plantas regasificadoras, situadas en los lugares más alejados de los centros de utilización (grandes ciudades). Son poco eficientes.  Además, al estar esas instalaciones “fuera de la vista” de los usuarios no valoran su necesidad ni el impacto y contaminación que llevan asociadas. Creen que la electricidad llega a sus casas inocua,  limpia, milagrosa en cualquier instante y en cantidad. Por cierto a precios irrisorios (la electricidad que se utiliza en un hogar medio español en un día cuesta lo mismo que una caña de cerveza). Sin embargo, según parece, el sistema no puede poner los precios de la electricidad ni siquiera a su coste por aquello de la “alarma social” y más en estos momentos de crisis que, según parece, se vería acentuada.

Y llegamos al final del sistema, a las energías primarias. En España, el 90 % proviene del extranjero, con lo que eso implica de dependencia estratégica y económica. Se trata de petróleo crudo, gas natural, carbón y uranio (también lo compramos en el exterior). Recientemente están apareciendo las llamadas –con toda precisión lingüística- energías renovables de las que la hidráulica ha sido utilizada desde siempre. Esas son las únicas energías propias de las que disponemos, algunas de ellas en abundancia  y muy distribuidas por todo el territorio, incluidos los lugares donde se utilizan sus formas energéticas derivadas. Hay muchos aspectos colaterales de las energías primarias (contaminación e impacto, riesgos de suministro, compromisos internacionales, etc.) a tener en cuenta; pero no  es esta la ocasión.

De cara a establecer un sistema energético de futuro sostenible  y lo más limpio posible, hay que tener en cuenta los siguientes factores:

Los usuarios deben hacerse cómplices del cambio de paradigma. Por supuesto, los gestores, políticos, empresas y demás intervinientes en el sistema, también.  ¿Qué significa eso? Que cada cual asuma y cumpla su responsabilidad. Los primeros empleando las cantidades de energías intermedias realmente necesarias para satisfacer sus necesidades de desplazamiento, calor, frío, luz, etc. después de haber agotado las posibilidades de las energías naturales (luz natural, calor o frío ambiente, caminar, ir en bicicleta, etc.). Le sigue en importancia la utilización, en la mayor proporción posible, de energías renovables.

La electricidad se puede obtener a partir del viento o del sol directamente en dispositivos ya bien conocidos (aerogeneradores y células fotovoltaicas) que funcionan de manera fiable y duradera; a partir de biomasa y del sol en centrales termoeléctricas diseñadas “ad hoc” con la posibilidad de ser de cogeneración y conseguir adicionalmente calor y/o frío. También las corrientes marinas, las olas, las mareas y, como siempre, las corrientes de agua de los ríos en dispositivos muy eficientes.

En un periodo de transición –en el que ya estamos- no hay que despreciar el uso de gas natural complementario con las renovables en instalaciones híbridas. Los ciclos combinados actuales podrían incorporar solar térmica de alta temperatura de manera muy eficiente; es el concepto SOL-GAS que acuñé hace ya veinte años.

Y todo ello utilizando los dispositivos tecnológicos más eficientes y menos contaminantes. Por ejemplo, frigoríficos, lavadoras, lavavajillas, lámparas de iluminación equipos de calefacción y aire acondicionado de alta eficiencia ya catalogados. Más importante aún es el diseño del sistema de transformación de energías primarias a intermedias con el máximo rendimiento. En este aspecto hay un detalle de suma importancia; la cogeneración frente a las  grandes centrales termoeléctricas que aprovecha el calor que toda máquina térmica tiene que ceder a un foco frío. No es muy difícil; solo hay que diseñarlas adecuadamente para conseguir ese efecto. Con ello se puede pasar de rendimientos totales de un 30 – 40 % de los generadores normales (incluidas las grandes centrales termoeléctricas) a un 70-80 % de cualquier máquina o instalación de cogeneración.

Pero no voy a obviar el problema más importante, energética y medioambientalmente hablando: el transporte de personas y mercancías.

El transporte representa las dos terceras partes del  total (73 millones de toneladas equivalentes de petróleo en 2008) mientras que la electricidad supuso 22. ¿Cómo sustituir esas grandes cantidades de combustibles de origen fósil por energías renovables?  La introducción de un sistema de transportes más inteligente es fundamental. Los biocombustibles pueden ser una transición razonable pero la solución que veo más definitiva son los vehículos eléctricos con la consiguiente modificación del sistema eléctrico, más basado en fuentes renovables y en criterios de eficiencia. Esta transición será para lo malo (aumento del consumo) y para lo bueno (aumento del almacenamiento en el sistema que mejora la gestión y permite aumentar la participación de renovables fluyentes). El proceso será lento y paulatino empezando por la iniciativa del actual ministro de impulsar los automóviles eléctricos en España. No basta, pero hay que empezar por algún sitio.

No cabe duda de que algunos “caminos” ya están recorriéndose pero lo hacen a un ritmo demasiado lento y con “total inseguridad”. En sentido positivo van los programas de ahorro y eficiencia energética, el código técnico de la edificación y, desde luego, los planes de fomento de las energías renovables. En sentido negativo, el auge de los ciclos combinados de gas natural que mantienen el esquema de las grandes centrales termoeléctricas (bien es verdad que más eficientes y  menos contaminantes) en lugares muy alejados de los centros de consumo.

La alternativa que no acaba de cuajar es la implementación masiva de instalaciones de auténtica cogeneración y  de energía solar en los lugares de consumo de calor y/o frío (viviendas, edificios de oficinas y de servicios e incluso en las naves industriales). Se deben propiciar los sistemas de generación distribuida con una gestión inteligente (smart grid) de esos entornos de generación y consumo. Las grandes redes actuales pueden servir para canalizar los intercambios entre estos subsistemas distribuidos y los sistemas vecinos (en el caso de España, Francia, Portugal y Marruecos a quienes vendimos 11 TWh el año 2008). Con ello, el sistema eléctrico español podría ayudar a los sistemas de otros países que no dispusieran de la abundancia de recursos energéticos renovables de los que disponemos nosotros.

En ese contexto es donde la electricidad solar térmica (y las demás renovables) tiene todo el sentido. No solo no presenta problemas, sino que ayuda a resolver todas las dificultades de estos momentos.

Con el sistema actual, no podremos disminuir nuestra dependencia energética, seguirán aumentando las emisiones de gases de efecto invernadero y nuestra industria energética dependerá cada vez más del exterior.

Es ahora cuando hay que tomar decisiones y actuar. No aplazar la acción al 2020, 2030 o 2050. Cómo estemos en esos años depende de lo que hagamos ahora. Los intereses privados del viejo sistema energético no pueden ni deben sepultar lo nuevo, que es el futuro de todos.

Ante la situación a la que se está llegando no me queda más remedio que dirigirme otra vez al Presidente del Gobierno (¿a quién, si no?) y pedirle que siga insistiendo a ver si algún día le dice alguien lo que hay que hacer para tener en 2030, 40 o 50 un sistema energético razonable. Me apetece poner aquí un comentario de actualidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s